Nacionales

Desmonte de nuestras tradiciones por foráneas

Por RAMFIS RAFAEL PEÑA NINA

¡Qué tristeza!

Ayer anduve por las calles tratando de reconstruir mi hermosa infancia, aquellos días de Reyes.Con los cristales bajos y el silencio de la radio, intentaba disfrutar de la algarabía de los pitos y el bullicio de los niños, como solíamos hacer al destapar nuestro regalos.

Luego de una hora, me regresé triste y sorprendido, ni un pito, mucho menos algarabía, nada de niños correteando en las calles exhibiendo sus juguetes. Pensé para mis adentros, dónde fue a parar la inocencia. Alguien me explicó, aún queda algo de ella, los adultos son quienes han ido cambiando con la transculturación vergonzosa de asumir y transmitirle a nuestros niños el desmonte de nuestras tradiciones por foráneas.

Hemos criticado férreamente la colonización y sus responsables, odiamos los símbolos que lo representan; hoy día, voluntariamente, hasta orgullosos nos sentimos, en destruir cada recodo que aún nos queda de nuestras costumbres.

Siento vergüenza ajena cuando veo personas, que por su niveles de formación, hoy hacen banquetes para celebrar un hecho histórico que nada ha tenido que ver con la nuestra, un tal thanksgiving, un tal viernes negro, un tal halloween.

Como dije, siento vergüenza ajena cuando nos alienamos voluntariamente, cuando enarbolamos muy orgullosamente la frase estoy saliendo con una blanca/o, mis hijos estudian en una escuela de blancos, vivo en un barrio de blancos.

Denotamos nuestra inferioridad en cada momento, repito, lo peor es lo orgullosos que nos sentimos cuando decimos de forma despectiva: no me he montado ni me montaré en el Metro, y pregonamos y usamos los deplorables, sucios, de New York donde podemos encontrar olores, si se les puede llamar así, ratas, basuras, indeseables y hasta con cierta frecuencia, la muerte.

¿Qué somos? Un pueblo lleno de complejos de inferioridad, admiramos, imitamos todo lo foráneo y siempre los vemos como superiores, pero no aportarnos nada para mejorarlo, no nos basta con ver ejemplos de gente como nosotros que han logrado conservar sus costumbres sin humillarse ante otras.

Jacobo Morales, poeta puertorriqueño, escribió un poema, «Mi pobre hermanito negro», donde deja ver claramente de lo que somos capaces de hacer por un supuesto bienestar económico, me avergüenzo de tener que aceptarlos como parte de donde vengo.

No pororican, no dog, cuanta rabia sentía y he sentido al escuchar esta frase, ellos son yo, ellos son mis hermanos, ellos son mis hijos, ellos son latinoamericanos, ese gran conglomerado de donde nace mi identidad, mi orgullo y razón de ser culturalmente. Odio, aquellos que reniegan su propia identidad por la foránea.

JTM-AM

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