La compleja misión de Yair Lapid ante un Benjamin Netanyahu que no se rinde

Oriente Próximo

Actualizado Lunes,
31
mayo
2021

20:14

El líder centrista está en plenas negociaciones para sacar al primer ministro más longevo en la historia de Israel del cargo

Seguidores de Benjamin Netanyahu, en Tel Aviv.
Seguidores de Benjamin Netanyahu, en Tel Aviv.REUTERS

Benjamin Netanyahu no pensaba celebrar así el 25 aniversario de su sorprendente victoria electoral ante el veterano Simón Peres, que le dio por primera vez la jefatura de Gobierno en Israel. En lugar de soplar velas, Netanyahu cuenta los minutos con la esperanza de que el líder del partido centrista Yesh Atid, Yair Lapid, no anuncie la formación de Gobierno antes de expirar su mandato el miércoles por la noche.

Inmerso en negociaciones a siete bandas, Lapid se muestra optimista pero admite que «aún hay muchos obstáculos hasta la creación de la nueva coalición y quizá sea bueno porque debemos sortearlos juntos. Es nuestro primer examen, encontrar compromisos inteligentes para el gran objetivo».

Obstáculos inevitables cuando se intenta coser la coalición más heterogénea en la historia de Israel con dos partidos de izquierda (Meretz y laborista), dos de centro (Yesh Atid y Azul y Blanco), dos de derechas (Yamina y Nueva Esperanza), uno liberal conservador antirreligioso (Israel Beitenu) y uno árabe islamista (Raam) para llegar a los 61 de 120 diputados de la Knésset (Parlamento). Cada uno de ellos puede desmoronar la compleja estructura de Lapid en la que sería ministro de Exteriores concediendo los dos primeros años de la jefatura del Gobierno al líder de Yamina, Naftali Bennett, antes de tomar el relevo. Es cierto que casi le triplica en escaños pero también que sin él, Netanyahu seguiría en el poder hasta al menos los nuevos comicios.

Con solo 6 escaños (el séptimo de su lista elegida en los comicios del 23 de marzo, Amichai Shikli, votará en contra de «formar parte de un Gobierno con la izquierda»), Bennett está a punto de ser primer ministro. Solo en una escena política tan surrealista como la de Israel en los últimos dos años, un político que en las elecciones del 2019 se quedó fuera del Parlamento y empezaba a pensar ya en volver al High Tech puede ser ahora quien lleva las riendas del país.

El motivo de la paralizante crisis política y de que la izquierda acepte a Bennett como primer ministro tiene nombre y apellido: Benjamin Netanyahu. Sobre su figura, el país ha acudido cuatro veces a las urnas, se han celebrado numerosas protestas en las calles, la polarización y crispación se han multiplicado y se ha iniciado un juicio por corrupción. Contra su figura, partidos con abismales diferencias ideológicas que ni en sus peores pesadillas se veían juntos han accedido a un matrimonio de convivencia con el único objetivo del desalojo de Netanyahu de la residencia oficial en Jerusalén.

El drama político es de tal tamaño que nadie se acuerda del coronavirus. Y no solo porque el domingo solo se registraron 4 casos.

El nuevo Gobierno se centraría en asuntos de consenso económicos y sociales y aparcará grandes temas de discordia como el conflicto con los palestinos. Bennett no podrá materializar su vieja aspiración de anexionar territorios donde se levantan las colonias en Cisjordania (ocupada en la guerra del 67) y Meretz no podrá evacuar asentamientos. Dado que unos ministros defienden apasionadamente la solución de dos Estados (Israel y Palestina) y otros se oponen con la misma pasión, se espera la continuación del Statu Quo.

¿Qué pasará si el grupo islamista Hamas rompe la tregua y lanza proyectiles contra Tel Aviv o Jerusalén? Dado que la izquierda pediría una respuesta muy limitada y la derecha una represalia contundente, la previsión es que el gabinete hará lo que recomiende el Ejército y otros organismos de seguridad.

«Estamos de acuerdo en el 80% de los asuntos y sabemos hablar del 20% de lo que discrepamos», tranquiliza Lapid, que espera hacer el anuncio próximamente y apunta que la última intervención de su gran rival es la prueba de la necesidad del cambio de Gobierno: «Netanyahu dijo que sin él en el poder, será un peligro para el pueblo, Estado y soldados de Israel. Fue un discurso peligroso de alguien que ha perdido los frenos. Su debilidad nos debilita».

Arrinconado pero sin caer en la lona, Netanyahu no se rinde y eleva su presión para que un diputado de Bennett al que acusa de «estafa» frustre el nuevo Gobierno. En la diana de la ruidosa maquinaria del Likud en la Red y la calle se encuentra la socia de Bennett y punto débil de la misión de Lapid, Ayelet Shaked, que hizo todo lo posible para que se forme un Gobierno con el Likud. De momento sin éxito porque el líder ultraderechista Bezalel Smotrish se negó a recibir el apoyo de un partido árabe como deseaba Netanyahu y porque Gideon Saar mantuvo su cordón sanitario sobre el primer ministro. De cara a las últimas elecciones, Saar abandonó el Likud alegando que «Netanyahu antepone sus intereses personales a nacionales». Su nuevo partido Nueva Esperanza no cumplió con su esperanza inicial al obtener solo 6 escaños que sin embargo resultaron muy valiosos porque la mitad eran del Likud. Con ellos, Netanyahu seguiría siendo King Bibi.

A sus 71 años y con el juicio por supuesta corrupción en curso, el primer ministro más longevo en la historia de Israel (96-99 y 2009 hasta la fecha) podría ser jefe de la oposición en escasos días. Apoyado por el partido más grande (30), espera e intenta que el nuevo Gobierno no se levante. Y si lo hace, que caiga pronto.

Renunciar a promesas para poder gobernar

Dado el empate político en los últimos dos años en Israel en torno a la figura de Benjamin Netanyahu, solo la ruptura de promesas electorales garantiza la formación de un Gobierno. Hace un año, fue el dirigente centrista Benny Gantz que sorprendió a todos e irritó a los suyos cuando rompió su única gran promesa y, alegando la crisis sanitaria y económica (coronavirus) y política, pactó una coalición de rotación con Netanyahu. Pero el líder del Likud no tardó en incumplir su promesa a Gantz arrastrando a los israelíes a las cuartas elecciones en dos años en las que, pese a la exitosa vacunación, no logró la mayoría de su bloque derechista.

Ahora es el turno de Naftali Bennett que decide romper sustanciales promesas electorales lanzadas en marzo: se comprometió en público a no formar un Gobierno con la izquierda, a no estar bajo Yair Lapid como primer ministro en rotación, a no gobernar con el apoyo del partido árabe islamista Raam ni a ser primer ministro si obtiene solo 10 escaños (ahora lo sería con 7). Por otro lado, cumple una promesa importante -«haré todo lo posible para evitar quintas elecciones y acabar con la crisis»- y el sueño de encabezar el Gobierno aunque apenas tenga apoyo popular y pague una elevada factura en la derecha donde muchos se sienten traicionados. / S. E.

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