El sarcófago del dictador Rafael Leonidas Trujillo

Diario Libre publica el relato del sepelio del sátrapa Rafael Leonidas Trujillo escrita por el exembajador John Graham. En la época de los eventos que narra, en 1961, era un joven diplomático asignado a la misión canadiense en República Dominicana.

EL SARCÓFAGO DEL DICTADOR

JOHN GRAHAM

En la primavera de 1961 el Presidente John Kennedy visitaba al Presidente Charles de Gaulle en Francia. A las 2:00 de la tarde, hora dominicana del 31 de mayo, Pierre Salinger, secretario de prensa de Kennedy, informó a la prensa en París el asesinato de Trujillo. Esto ocurrió unas tres horas antes del anuncio oficial dominicano. La metedura de pata resultó embarazosa para el gobierno norteamericano, y prendió la primera sospecha de que Estados Unidos estaba involucrado en el asesinato.

Entrada la tarde, Radio Caribe, vocero del Servicio de Inteligencia Militar (SIM), hizo el anuncio oficial. A la mañana siguiente, los titulares de los periódicos anunciaban, ‘’Cae vilmente asesinado el Benefactor de la Patria’’. Las estaciones radiales tocaban música clásica melancólica, y comenzaron los arreglos para el funeral. El cadáver había sido encontrado en el baúl de un carro perteneciente a uno de los participantes en el asesinato.

En la mañana del 2 de junio, Ernie McCullogh, encargado de negocios canadiense, se unió a los otros ocho miembros del minúsculo cuerpo diplomático en el Palacio Nacional, para expresar sus condolencias. Las sanciones impuestas por la Organización de Estados Americanos, como consecuencia del intento de asesinato del Presidente Rómulo Betancourt, de Venezuela, por parte de Trujillo, la mayoría de las misiones diplomáticas habían cerrado desde el año anterior.

A las 9:30 de esa mañana, cuando regreso a su casa, Ernie me llamó. ‘’John, el embajador Logroño – jefe de protocolo —acaba de comunicarme que el funeral será esta tarde en San Cristóbal. No me siento bien, y me gustaría que fueras tú. Es un asunto trágico, penoso’’. Estaba genuinamente apenado. De paso, añadió: ‘’el protocolo es chaqué’’.

Un chaqué! ¿Cómo rayos iba a encontrar en dos horas un frac, chaleco y pantalones a rayas en una Ciudad Trujillo totalmente cerrada? Conseguí finalmente un traje por vía de amigos del Consulado General norteamericano. A mediodía estaba en camino a San Cristóbal en un viejo carro oficial, casi perdido entre los pliegues del chaqué de Matt Ortwein, funcionario administrativo del consulado, quien era mucho más ancho que yo. ‘’Que bien te queda’’, me dijo, riéndose, el jamaiquino-dominicano Balthazar, chofer y aprendiz de guardián de burdel.

San Cristóbal era un pandemonio. Trujillo era venerado como un semi-dios. La empobrecida y supersticiosa comunidad rural del país sentía que él había mejorado la calidad de sus vidas. El dictador había desarrollado mercados para sus cosechas, y construido caminos, tribunales y escuelas, al mismo tiempo que cámaras de tortura y una selva de estatuas de su figura. Cerca de dos mil campesinos semi-histéricos rodeaban la iglesia. Entre los campesinos y la iglesia se extendía un círculo de cientos de tropas fuertemente armadas. Los dolientes dentro de la iglesia estaban armados hasta los dientes. Vi senadores con pistoleras ajustadas a los pantalones de rayas, a generales y almirantes con un surtido de armas de alto calibre. Uno de los hermanos de Trujillo, Arismendi, vestido con el uniforme de un general de tres estrellas, caminó por el pasillo con una ametralladora hasta su asiento frente al altar.

Hasta donde pude determinar, las únicas personas que no estaban armadas eran los clérigos, el cuerpo diplomático y el Presidente Balaguer. Un cielo gris, encapotado, aumentaba el ambiente oscuro dentro de la iglesia, pero no impidió que muchos de los congregados, especialmente los militares, llevaran puestas sus gafas negras, un accesorio típico del aparato policial estatal.

La tensión era palpable. El asesinato había ocurrido hacía menos de tres días. Algunos de los participantes en el complot habían sido capturados y asesinados. Había un gran temor de que algunos de los participantes en el complot pudieran aprovechar el sepelio que congregaba a los altos funcionarios y familias del régimen como una oportunidad irresistible para un golpe de gracia. En ese momento, yo no tenía idea de que uno de los principales cabecillas del complot, el general Pupo Román, jefe del Ejército, estaba en la iglesia. El cadáver de Trujillo fue llevado a su puerta como prueba de que la primera fase de la conspiración había triunfado, pero Román vaciló, y el plan de asumir el poder con apoyo de los Estados Unidos colapsó. Ya Román era un sospechoso, y fue arrestado tres días después, torturado y asesinado por el hijo de Trujillo, Ramfis. Una fotografía tomada durante el funeral muestra al coronel León Estevez, nuero de Trujillo y miembro del SIM, mirando venenosamente al general.

Dos soldados empujaron a un sacerdote para traquetear el púlpito en busca de bombas. Explotó el muffler de un carro y unos doscientos dolientes aferraron sus armas. Nosotros esperábamos. Los que tenían armas las movían inquietos. Inesperadamente, los campesinos aumentaron sus gritos. Comenzó a escucharse el sonido, primero tenue, de un motor, que aumentó en intensidad. La multitud gritaba. Los que estábamos dentro de la iglesia no sabíamos lo que ocurría, y temblábamos de miedo.

El escenario de afuera lo describió Balthazar a nuestro regreso. Los campesinos miraban asombrados al helicóptero sobrevolando la iglesia. Sobre sus cabezas, la nave abrió la puerta, una grúa sacó un gran sarcófago y los gritos se hicieron más intensos. El ataúd del Generalísimo bamboleándose lentamente en el aire y colocado en una camilla que lo esperaba, fue un momento insoportable, un misterio trascendente para los aturdidos y crédulos campesinos.

El Presidente Balaguer pronunció un panegírico trémulo. Las tropas saludaron con cañonazos. Nadie devolvió los tiros. El servicio había terminado.

Días después conversaba con un amigo sobre el funeral. Hace mucho tiempo de todo esto, pero creo que era con Joe Fandino, del consulado norteamericano.

–Pero, ¿no sabías? dijo Joe. Trujillo no estaba ahí.

–¿Qué me dices? Era su funeral.

–Seguro, pero Doña María (la viuda) no quería correr riesgos. Temía que los miembros del complot se hicieran con el cadáver y lo colgaran de un poste, como hicieron con Mussolini.

–¿Y dónde estaba el cadáver?

–La viuda y Ramfis decidieron dejarlo en un sitio seguro. Lo pusieron en un freezer. –¿En un freezer?

Joe hizo una pausa. –Sí, el sarcófago del Benefactor está en un freezer en San Isidro.

(John Graham es un ex embajador de Canadá. En la época de los eventos que narra – 1961 –, era un joven diplomático asignado a la misión canadiense en República Dominicana)